Antes de comentar La sonrisa etrusca quiero confesar mi
debilidad por su autor, José Luis
Sampedro, el comprometido profesor y humanista que nos dejó un poco huérfanos
de sabiduría hace un par de meses. Desde que leí su librito El mercado y la globalización hace ya
bastante tiempo, este hombre me cautivó por su sencillez, sinceridad, cordura y
valentía al ir contracorriente en “el río
que nos lleva”, como titula una de sus obras. Mi admiración se basa en que
siempre vi en él a una persona coherente que defendió sus ideas, que luchó y
animó a luchar pacíficamente a los demás hasta el último momento de su vida con
el gran y loable objetivo de conseguir un mundo mejor, una sociedad más justa y
más humana.
La
sonrisa etrusca es una historia sencilla, contada con sentimiento
y con cierta dosis de poesía en algunos de sus párrafos. Asistimos de la mano
del protagonista Salvatore Roncone, a la última etapa vital de un luchador, de un hombre en principio rural,
hosco a veces, curtido por el sufrimiento y el dolor, y también dominado
por prejuicios y visiones distorsionadas
de la realidad, un hombre machista y contradictorio que a lo largo de las
páginas del libro se va transformando en un ser más completo y más complejo,
más humano, más sensible, más femenino, piensa él, gracias a la influencia de
la llegada de Hortensia a su vida, pero
sobre todo gracias al amor que ha despertado en él su nieto de apenas un año de
edad.
El pequeño provoca en el
abuelo una nueva oleada de amor sincero y sin condiciones, lo perfecciona como
persona al permitirle conseguir la unión de los dos sexos, el del hombre y el
de la mujer que se complementan y se enriquecen mutuamente, como se deduce de
las palabras que él mismo llega a decir a su nieto: si tú necesitas abuela lo seré para ti, ya me voy haciendo. Solamente
por arriba, ¿eh?, ¡cuidado!, ¡abajo con lo de siempre! Pero por arriba… ¿no te
has dado cuenta? ¿no me notas más blando cuando te cojo en brazos? Un poquito, ¿verdad?
Me están creciendo pechos, acabaré teniéndolos para ti, niño mío…
Por otro lada el personaje
central está plenamente logrado, llena
la novela y la desborda con su rotunda y compleja personalidad, con sus claroscuros, con sus
luces y sus sombras, con sus defectos y sus virtudes y por eso precisamente,
por su humanidad, se hace querer por el lector que después de conocerlo mejor, acaba
comprendiéndolo, empatizando con él y amándolo en su complejidad.
En cierta medida esta novela
es un reflejo de la propia filosofía de vida del autor, donde prevalecen la sencillez,
el amor, la entrega sin condiciones, la valentía, la sinceridad…; también aparece
el desprecio por la hipocresía en el
viejo Bruno que no acepta dobles caras, que rechaza la falsedad y la mentira y
busca la autenticidad…
Si hay una palabra que caracteriza
el contenido de La sonrisa etrusca, ésa
es ternura. Ese sentimiento es el que predomina y atraviesa las páginas de esta
bonita historia cargada de emociones y humanismo.
Totalmente recomendable por
su sencilla profundidad.
Los esposos, escultura del arte etrusco que inspira el título a la novela










